Día del libro

23.4.12
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Mi papá recitaba poemas en la ducha. Yo lo escuchaba con atención; aunque, a veces, me aburría su bulla. Después supe que eran poemas de Nicomedes Santa Cruz, Amado Nervo, Pablo Neruda, José Ángel Bueza, y otros más. Recuerdo que en primero de secundaria, un profesor de literatura trajo una radio y nos hizo escuchar "Meme Neguito" de Nicomedes Santa Cruz: recordé a mi papá, y me quedé muy sorprendido, muy ensimismado, muy raro. Tiempos después, fui a Amazonas, y busqué poemas declamados, recitados, y encontré un casete de Neruda: me decepcionó. Le puse la radio a mi papá y apreté "play", y también quedó decepcionado: yo le gano -me dijo-, y recitó el poema 20. Yo compré, o no sé quién me lo dio, un libro de poemas: después sería mi libro rojo, secreto, revolucionario. Allí estaban los poemas de mi papá, o los que él recitaba en la ducha; recién supe los nombres de los poemas y de los poetas. Luego me enteré que mi papá tenía dos libros de poemas, de donde memorizó casi todos: hoy conservo uno de los dos, uno verde, quizá el más importante. Hace unos días le di su libro, y volvió a recitar como antes lo hacía, porque ahora en la ducha sólo canta los temas de Sandro y Rafael. "El poema 20 de Neruda es el más bravo", me dijo. Mi papá siempre utiliza la palabra "bravo" para definir algo extraordinario, resaltante, auténtico. "Los poemas son bravos", pensé. Un día vino a mi casa mi tío Raúl, el hermano de mi papá, le comenté sobre novelas y poemarios, hablamos de la inspiración y otras cosas. Le di mi libro rojo: leyó un poema del mexicano Carlos Rivas y se puso a llorar. Me comentó que mi bisabuelo Alequi escribía décimas y que las apuntaba en un cuaderno rojo.  Yo sabía que mi bisabuelo había sido decimista, pero no sabía nada del cuaderno rojo. He preguntado sobre ese cuaderno rojo, y no hay respuestas todavía. Yo sólo tengo mi libro rojo, secreto y revolucionario.


15.3.12
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Leer un libro es como retroceder unos pasos para tomar impulso. .-
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Heridas de Mala Onda

11.12.11

- Tú deberías pegarte un viaje de verdad, que duela, que te sirva para cachar las cosas como son. No con tu profesora ni con esos pernos de tus compañeros. Hay que ir solo. Recorrer USA en Greyhound, por ejemplo. Quedarse en pana en Wichita, comer un taco frente a El Alamo, dormir en un hotelucho lleno de vagos en Tulsa, Oklahoma. O ir a Nueva York, huevón; meterse al CBGB, cachar a la Patti Smith en vivo. Ésa es vida, pendejo, no esto. Un día en Manhattan equivale a seis meses en Santiago. Regresar a Chile, loco, a este puterío rasca, bomb, con los milicos por todos lados y la repre, las mentes chatas, es más que heavy. Es hard core. Si basta escuchar la radio para cachar lo mal que estamos, Matías. ¿Cuándo van a tocar aquí algo de The Ramones, algo de los Pistols? Hazme caso, huevón, y lárgate: go west, my son, go west.

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Es como un mal partido de fútbol. Todos juegan y patean y diseñan pases, pero el arquero eres tú. Y como has practicado todos los días, no has faltado a ningún entrenamiento, te has transformado en el mejor arquero de todos. Siempre atajas, nunca te meten gol, la pelota no llega jamás a la red o rebota. Siempre la agarras, mientras los demás celebran en el medio del campo y se alejan lo más rápido posible. Eres el mejor arquero de todos, es verdad, pero también el más huevón. Lo que a ti te conviene, amigo, es que te metan un gol.
O abandonar el partido.

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- Estás muy subversivo, Matías. Me decepcionas.
- A eso me dedico últimamente, a decepcionar.
- Conozco esa sensación.


***

Un par de dilemas, serios traumas, decisiones que tomar.
¿Qué hacer?
¿Virarse?
¿Mandar todo a la cresta?
¿Escapar?
¿Qué pasaría?
¿Pasaría algo?
Imagínate. Piénsalo un poco, pongamos las cosas en la balanza.
¿Qué pasaría?
¿Qué?
Y si te fueras, por ejemplo, si te marcharas sin mirar atrás, asumiendo la soledad, sabiendo que puede ser un error, un grave error, pero que igual te sentirías bien, ¿lo harías? Perderías la seguridad pero, ¿qué significa estar seguro? ¿Alguien lo está? ¿Podrías admitir, sin hacer trampas, que realmente estás seguro?
¿Alguien lo está?
¿Podrías admitir, sin hacer trampas, que realmente estás seguro?
Hay preguntas que es mejor dejar sin responder, ¿no?

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Me detengo no sin antes pensar que lo pasado, pasado está, que a partir de ahora, de este preciso instante, estoy absoluta y esencialmente solo; y que si antes no lo estaba se debió quizás a un simple y comprensible error mío. Nada más.
(Alberto Fuguet. Mala Onda. Alfaguara, edición de aniversario)

Una mañana cualquiera de un día cualquiera

29.10.11
"Un poema no es otra cosa que un sueño que yo realizo en la vigilia. El sueño y el poema vienen de la misma persona. Tienen algunas leyes compartidas. Tengo una relación de mucho amor con el sueño. Me voy a la cama como si fuese a una fiesta. El despertar es casi siempre una desilusión" (Tomas Tranströmer, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2011)
La alarma del celular suena. Comienza el día, cualquier día. Prendo la laptop y escucho alguna canción: la que manda el sueño interrumpido. Subo a la balanza electrónica: mejor no hubiera subido. Entro a la ducha y pienso lo que pienso en estos últimos días, que cada gota de agua es una gota de luz que penetra la piel. Sería exagerado decir que ahora estoy iluminado. Mejor digamos que estoy más animado, o totalmente despierto. Ahora la ropa interior: blanca, siempre blanca, pero sin ninguna connotación. Luego el jean, el polo o la camisa, y encima el saco, la polera o la casaca. Para los pies: las zapatillas marrones de siempre, con las puntas desgastadas y decoloridas. Después, la lucha contra el espejo: la hoja de afeitar, el aftershave, la crema antifrizz para el cabello, el peinado sin peine, la barbilla acicalada, el perfume en el cuerpo. Apago la laptop y las canciones escuchadas. Guardo lo básico en el morral: una grabadora, una libreta, un lapicero, un poemario, una novela. Llega el desayuno: quizás un jugo de papaya, quizá un pan con jamonada. O quizá todo; sí, quizá todo: una mañana depende de qué sueños interrumpe el timbre del celular. La realidad no es nuestra: hay que animarla.



La silente importancia del baño

3.12.10
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El tormento de humo. Una cortina, un velo, un refugio, la ráfaga de vapor contra los hombros, quedarse parado bajo la ducha, estar en el baño, enfrentarse solo al espejo, piensa a ciegas en el vapor, solo y desnudo, desamparado, expuesto al frío progresivo, la puerta cerrada. Piensa que el baño es el último refugio de los hombres, el paraíso de la soledad, la caverna original, el vientre de la madre expandido, escenario privado de excrementos, masturbaciones, depilaciones, orines, confesiones privadas en voz alta, un altar de retorno a lo mojado.

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Al regresar, entra al baño y se quita la ropa. Se para dentro de la ducha. El agua la rodea, la cubre como un manto largo, protegida por un abrigo: el vapor duro, la cortina de gas, el ruido granizado. Piensa que el cono de agua es el centro, se toca las piernas, el vientre, los senos. Dice el nombre de Guido en voz baja.
Sale, se seca, se sienta frente al espejo: el velo húmedo, los pechos alzados, la curva de la cintura. Un raro pudor le había impedido hasta entonces mirarse desnuda, la curiosidad siempre menor que la vergüenza, hasta ahora sólo se miraba con la ropa puesta o con una camiseta, pintándose los labios o echándose el rímel o peinándose, pero el vidrio le ha mostrado el cuerpo de hombros estrechos y senos altos y el cuello estirado como de cisne y el estómago liso, ese triángulo de pelos largos, los muslos crispados, la lámina triste de la piel, el punto blanco en los hombros, las puntas feroces de cada pezón. Su cuerpo era un organismo extraño: la proporción entre los huesos grandes y la pureza oscura de la carne, los ojos iluminados de verde, la amenaza de las primeras dobleces en la cadera. Ojos de cristal, cejas afiladas, labios duros como un botón.

(Fragmentos de Grandes miradas, novela de Alonso Cueto)

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La puerta que nos traiciona

8.5.10
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Perfidia. Hay instantes de fragilidad en que somos ciegos y actuamos como marionetas emocionales. No nos importa el pasado, ni el futuro, ni siquiera el presente, porque sólo tomamos parte de él. En realidad, no somos conscientes de nada. Sólo nos abandonamos al influjo de una fuerza exterior que nos arrastra hacia el amor. Sí, hacia el amor, en cualquiera de sus máscaras, pero siempre hacia él. Porque tenemos una puerta abierta –la soledad– en nuestros pensamientos, en nuestro cuerpo, y como una gota de lluvia nos dejamos llevar por el viento, representado en una persona añorada, sea cual fuera su historia emocional, que por lo general es interesada y problemática. Entonces, sólo nos queda el sufrimiento y el desagravio cuando aquella persona nos abandona después de haber saciado sus necesidades. Days of being wild de Wong Kar Wai es la muestra de este infortunio, protagonizado por el hijo no reconocido de una ricachona y criado por una prostituta. Este personaje es justamente la fuerza exterior que arrastra a dos mujeres y a dos hombres en su afán de buscar la identidad de su verdadera madre. En este tipo de situaciones, para ambos casos –el que utiliza y el utilizado–, la traición hacia uno mismo siempre está de por medio. Perfidia.



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no soy más que una palabra / volada de la sien

23.2.10
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Estos versos de Martín Adán resumen mi silencio y desamparo en estas semanas de invalidez escrita. Ellos han sido mi único sostén durante el tiempo que he llamado “El dolor en lo invisible”. No escribir, no leer, no ver películas. Sí pensar obstinadamente en poesía, pero no anotarla. Así el poema es largo e interminable y sufre ahogos rítmicos y semánticos por la condición involuntaria de la fragilidad de la mente. Porque en Lima, nunca será dichoso pensar en poesía. Aunque sea ésta mi único sustento. Aunque ya me duela tanto la sien de tanto verso. Porque ya es momento de escribir, leer y ver películas (y pintar). Porque ya es momento de visibilizar ese dolor. Aunque me pierda.