La silente importancia del baño

3.12.10
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El tormento de humo. Una cortina, un velo, un refugio, la ráfaga de vapor contra los hombros, quedarse parado bajo la ducha, estar en el baño, enfrentarse solo al espejo, piensa a ciegas en el vapor, solo y desnudo, desamparado, expuesto al frío progresivo, la puerta cerrada. Piensa que el baño es el último refugio de los hombres, el paraíso de la soledad, la caverna original, el vientre de la madre expandido, escenario privado de excrementos, masturbaciones, depilaciones, orines, confesiones privadas en voz alta, un altar de retorno a lo mojado.

***

Al regresar, entra al baño y se quita la ropa. Se para dentro de la ducha. El agua la rodea, la cubre como un manto largo, protegida por un abrigo: el vapor duro, la cortina de gas, el ruido granizado. Piensa que el cono de agua es el centro, se toca las piernas, el vientre, los senos. Dice el nombre de Guido en voz baja.
Sale, se seca, se sienta frente al espejo: el velo húmedo, los pechos alzados, la curva de la cintura. Un raro pudor le había impedido hasta entonces mirarse desnuda, la curiosidad siempre menor que la vergüenza, hasta ahora sólo se miraba con la ropa puesta o con una camiseta, pintándose los labios o echándose el rímel o peinándose, pero el vidrio le ha mostrado el cuerpo de hombros estrechos y senos altos y el cuello estirado como de cisne y el estómago liso, ese triángulo de pelos largos, los muslos crispados, la lámina triste de la piel, el punto blanco en los hombros, las puntas feroces de cada pezón. Su cuerpo era un organismo extraño: la proporción entre los huesos grandes y la pureza oscura de la carne, los ojos iluminados de verde, la amenaza de las primeras dobleces en la cadera. Ojos de cristal, cejas afiladas, labios duros como un botón.

(Fragmentos de Grandes miradas, novela de Alonso Cueto)

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