"Un poema no es otra cosa que un sueño que yo realizo en la vigilia. El sueño y el poema vienen de la misma persona. Tienen algunas leyes compartidas. Tengo una relación de mucho amor con el sueño. Me voy a la cama como si fuese a una fiesta. El despertar es casi siempre una desilusión" (Tomas Tranströmer, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2011)
La alarma del celular suena. Comienza el día, cualquier día. Prendo la laptop y escucho alguna canción: la que manda el sueño interrumpido. Subo a la balanza electrónica: mejor no hubiera subido. Entro a la ducha y pienso lo que pienso en estos últimos días, que cada gota de agua es una gota de luz que penetra la piel. Sería exagerado decir que ahora estoy iluminado. Mejor digamos que estoy más animado, o totalmente despierto. Ahora la ropa interior: blanca, siempre blanca, pero sin ninguna connotación. Luego el jean, el polo o la camisa, y encima el saco, la polera o la casaca. Para los pies: las zapatillas marrones de siempre, con las puntas desgastadas y decoloridas. Después, la lucha contra el espejo: la hoja de afeitar, el aftershave, la crema antifrizz para el cabello, el peinado sin peine, la barbilla acicalada, el perfume en el cuerpo. Apago la laptop y las canciones escuchadas. Guardo lo básico en el morral: una grabadora, una libreta, un lapicero, un poemario, una novela. Llega el desayuno: quizás un jugo de papaya, quizá un pan con jamonada. O quizá todo; sí, quizá todo: una mañana depende de qué sueños interrumpe el timbre del celular. La realidad no es nuestra: hay que animarla.

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